Abnegada, lo que se dice abnegada, no soy y nunca he sido. Por lo tanto, no es de extrañar que tampoco pueda ser una madre abnegada. A los tres meses de nacido mi primogénito y heredero universal de todos mis bienes, me regresé corriendo a la oficina porque, 1) Tenía que hacerlo para ganarme la vida, como casi todo el mundo; 2) Debía seguir contribuyendo al engrandecimiento de la patria con mi esforzada actividad burocrática; 3) No sería yo quien desperdiciara el logro de la doble jornada laboral que nos ha legado la lucha feminista, y 4) Necesitaba descansar un poco de la extenuante actividad de ser una madre de tiempo completo.
Sospecho que este último factor fue el determinante, a juzgar por el alivio con el que volví a sentarme detrás de mi escritorio.
Pero que nadie se apresure a juzgarme con dureza: antes de ir a la oficina, de regreso de ella, en las horas que supuestamente uno debería ocupar para el descanso reparador, los fines de semana los he dedicado enteramente a mi hijo, compensándolo en la medida de lo posible por mi ausencia del resto de los días.
Así, hasta que hace poco descubrí, con gran asombro, que me había convertido en aquello que nunca creí ser: una madre abnegada.
Fuera de alguna furtiva y apresurada ida al cine quincenal con mi marido, y de alguna ida a comer con mis amigas, entre semana, yo no había hecho en casi cinco años nada divertido que pudiéramos decir que era sólo para mí. Y eso incluía el ejercicio.
La cada vez mayor cantidad de ropa acumulada en mi clóset que se negaba a entrar en mi otrora delgada figura así lo atestiguaba. Estaba ganando peso y urgía poner orden a esa situación.
Así fue como me decidí por fin a hacer ejercicio, aunque con ello le robara a mi hijo 4 horas más a la semana. Él lo iba a agradecer porque francamente ya estaba yo de un humor del demonio, mi marido lo iba a agradecer porque estaría más guapa, el seguro de gastos médicos lo iba a agradecer porque me mantendría saludable. Lo único malo es que detesto hacer ejercicio, pero no bailar. He estudiado flamenco, jazz, ballet, danza contemporánea y belly dance, y de niña participé con entusiasmo en todos los bailes folklóricos de la primaria. Así que lo mío, lo mío, es bailar.
Me inscribí pues hace tres semanas en mis clases de tubo, para que mi marido no diga que no pienso en él y porque me dieron unas ganas tremendas de emprender una actividad que seguramente mi abuela habría reprobado.
El primer día terminé con una muñeca torcida, un moretón en la espinilla de la pierna derecha y un dolor de brazos que no se quitó en tres días. A la siguiente clase ya no pude alcanzar los modestos logros de la primera (sostener mi peso en el tubo con los brazos y dar un medio giro en pose de ranita) porque el tubo me dio terror y estaba muy adolorida. La tercera clase la tomé por orgullo. No soy de las que se dan por vencidas a la tercera, y mi amiga Noreli se iba a burlar de mí hasta el cansancio si yo, que la engatusé para que fuera conmigo, de pronto me rajaba de forma tan cobarde.
Así que ahí estoy, tomando mi clase semanal y preguntándome, cuando veo a mis compañeras más avanzadas ponerse de cabeza agarradas del tubo con una mano y un tobillo, con evidente riesgo de su vida, a qué malditas horas se me ocurrió estar haciendo estas visiones.
No conforme, me he puesto también a tomar clases de tango. Hace seis meses me desgarré y, al parecer, estoy lista para un segundo esguince. Subida sobre mis tacones plateados, giro y giro con gracia mientras me pregunto en qué momento se pondrá morado mi tobillo y tendré que volver a usar muletas.
Pero no importa. Esos dos días de la semana valen su esfuerzo en oro. Termino agotada pero contenta, con más energía para ir a la oficina y para regresar a cuidar a mi hijo, de mucho mejor humor y con más sonrisas para mis dos hombres, que toleran en silencio mis excéntricas actividades recreativas.
El resto de la semana hago lagartijas para que mis brazos sean más fuertes y ejercito mi tobillo para aguantar las agotadoras sesiones de tango. Lo hago sin chistar, después de todo, creo que soy más abnegada de lo que creía.
Mónica Braun
Escritora